El trauma y su impacto
La mayoría de nosotros, hemos atravesado por momentos difíciles en nuestra niñez y adolescencia, que hemos logrado sobrellevar de alguna manera. A veces somos conscientes de todo lo que sucedió y lo recordamos con dolor. Otras veces, lo vemos como algo que quedó en el pasado, como si fuera natural el haberlo sufrido. Lo que hemos sufrido de niños, nos marca, deja huellas. Y lo hace porque de alguna manera tuvimos que aprender a vivir con ese dolor que nos tocó lidiar. Especialmente, si no tuvimos el apoyo de algún ser querido que nos hubiera asegurado que todo iría bien y le hubiera dado sentido a lo que sucedía, para hacernos más llevadera la situación o más importante para poder cambiarla.
Hay dos tipos de trauma, el Trauma con T mayúscula, que refiere a grandes eventos abiertamente traumáticos, es decir que son claramente reconocidos como tales, como ser un abuso físico, un abuso sexual, un divorcio, la muerte inesperada de un ser querido, presenciar violencia doméstica, etc. Cuando estos traumas ocurren, normalmente se recibe también un mayor apoyo que permite salir adelante. Por lo menos, eso es lo esperado.
Pero también existe el otro trauma con t minúscula, que es aquel que sufrimos cuando éramos niños, cuando nos impactó el día a día de nuestras vidas, por no ser emocionalmente vistos. Es decir, nos sentíamos mal por algo que sucedió y no contábamos con ese soporte que necesitábamos, como niños, para ser consolados y encontrar una salida a esa situación. Nos faltó ese amor incondicional que nos hubiera hecho sentir valorados por lo que éramos y que nos hubiera hecho sentir seguros de poder hacer y actuar. Esto sucede no porque nuestros padres fueran intencionalmente malos, sino simplemente porque no recibíamos lo que necesitábamos, no por falta de intención de su parte, pero por falta de habilidades. Lo grave de este trauma, es que, al no ser reconocido como tal, nos afecta en nuestra vida adulta, ya sea en nuestra relación con nosotros mismos, con nuestra forma de encarar la vida, o porque nos tratamos de la misma forma en que fuimos tratados en nuestra niñez.
Mas aun, nos puede afectar también en nuestras relaciones de pareja que de alguna manera reflejan estos sentimientos enterrados o comportamientos aprendidos que nos permitieron sobrevivir a aquello que nos tocó vivir, pero que, al ser adultos, ya no nos son de utilidad y más bien nos limitan.
Por ello, la importancia de reconocerlos y trabajar en ellos, comprender lo que sucedió, como nos afectó y que cicatrices han dejado, para poder volver a empezar.
El trabajar con una terapia como la del Coaching Sanador, es que cuentas con el acompañamiento de un psicólogo que te permita reconocer los patrones aprendidos y que de alguna manera estarían afectando en tu vida adulta. A veces, en base a nuestra experiencia, sentimos o creemos que tenemos que ser de cierta forma para ser amados o valorados. Por ejemplo, pensamos que tenemos que lograr cosas: dinero, títulos, que conocimientos. O pensamos que tenemos que estar alertas para poder sentirnos seguros en este mundo, o que nunca podremos lograr algo, porque no tenemos lo necesario. Todo esto lo aprendimos en el día a día, y luego en la etapa adulta, lo vivimos en automático, lo aceptamos como una realidad. A veces hemos aprendido a juzgarnos tan duro, que somos nuestros peores jueces al momento de reconocer nuestra propia valía.
¡¡Por eso te invito a recorrer este camino juntos… atrévete!!
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